Busco en el bosque de mi mente, entre esas ideas que se enredan en mi pelo, aquella idea. LA idea. Esa que me susurra. La encuentro, ella es tan delicada en ese estado tan primario… ese estado entre el mundo del pensamiento y el mundo de la materia, en el que está a punto de salir del lápiz, antes de ser, pero ya siendo. Delicada, por ello si no confío en mi misma para darla a luz mi miedo la ataca y, la idea se esfuma, desaparece. Y de nuevo vuelvo a empezar.

Mis ideas son como globos, van y vienen se enredan un rato en mi pelo, en mi mente, si sopla aire se marchan, a veces para no volver, a conocer otras cabezas, otros pelos amables, otros corazones sin miedo. Y a veces con tristeza, cuando supero la culpa por dejarlas marchar, por no saber entenderlas, las deseo buen viaje, y siempre termino sonriendo, después de llorarlas.

Porque llega un momento en que pienso que las ideas que se enredan en mi pelo son para darlas a luz por quien se atreva a hacerlo. Y me doy cuenta de que lo que doy a luz va más allá de mi propiedad, es propiedad de la vida misma que en su sabiduría infinita quiso existirse.