Se regocija en el sufrimiento más allá de lo sano y de lo empático. Como el que tiene una herida y va a hurgarse inconscientemente cada vez que tiene la oportunidad, sólo para alimentar con el dolor su rabia interna o su desesperanza, y justificar su negación a percibir de otro modo y validar así actos inmorales que faltan el respeto a uno mismo y a los demás.

En el fondo es un modo de esclavizar nuestra creatividad, que es la que puede liberarnos, y no permitirnos percibir de otra manera lo que sucede. Nos atenaza el corazón, nos oprime el pecho más allá de lo necesario para que no veamos esperanza, ni podamos leer la verdad más allá de lo que percibimos.