Todo empezó con una duda “¿Debería ir más deprisa?”, o un error de percepción “Ella ha avanzado mucho más que yo en la vida/trabajo/familia…”. El germen de esa duda se me clavó en la mente y en la emoción, apuntando directamente algún aspecto de mi misma que debía aprender, atender, acompañar.

A lo largo del tiempo ese pensamiento que retuve con mi duda y mi miedo comenzó a crecer y hacerse más sólido en mi sistema. Le di crédito y no dejó de expandirse en los rincones de mi mente, y detuvo el tiempo de mi reloj interno, me dejé someter a su cansancio y su desidia. Hasta que un día al mirarme al espejo le vi: había dejado que mi propio pensamonstruo me atara los pies y las manos, no podía avanzar por pensar que no avanzaba. Así descubrí que debía seguir mi propio ritmo, y confiar en él. Forzar la máquina nunca es buena idea.